Castillo de Anzur, la agonía de una atalaya privilegiada
Aunque su tiempo no ha pasado en balde, el castillo de Puente Genil mantiene su dominio sobre la Campiña Sur desde un pedestal privilegiado situado a 5,5 kilómetros de la población, la Sierra del Castillo. El Ayuntamiento, que finalmente logró que el Estado se lo traspasara en septiembre del año 2003, ha acondicionado el camino por el que se accede desde el polígono San Pancracio --justo por el borde del canal de riego--. Ahora, una ruta señalizada y perfectamente transitable conduce hasta la fortaleza que en el siglo X robó su nombre al río Anzur.
A pesar de que el recorrido es largo, merece la pena llegar hasta la meta y obtener una recompensa dulce y amarga al mismo tiempo. Dulce, porque brinda el silencio de un paisaje que no se repite en la comarca. Amarga, por el dolor que provoca al contemplar el deterioro de una fortaleza que fue clave en el pasado, tanto que la localidad la lleva incrustada en su escudo.
El cerro que sustenta la fortaleza ha guardado celosamente restos arqueológicos del Bronce Final, de la época ibérica y de la romana. Su pasado se ha caracterizado por los sucesivos trueques en los que se vio envuelta. Parte de ese ayer estuvo vinculado a la Iglesia, a la que llegó en el siglo XIII. Un siglo más tarde pasó a manos de Gonzalo Fernández de Córdoba, uniéndose de esa manera a la Casa de Aguilar. Su declive ha ido unido a la formación de otro núcleo de población a orillas del Genil, conocido primero como La Puente, después, Pontón de Don Gonzalo y, más tarde, Puente Genil. Hasta allí se desplazaron los que habitaban Castillo Anzur, que también ha recibido otras denominaciones como de los Peroles, Arinsol, Arnisol, Arnizuel y Aranzuel. Con la conquista del reino nazarí empezó a perder valor estratégico y a despoblarse.
Al verlo ahora cuesta creer que un día fue lugar de paso de los Reyes Católicos o que sus límites sobrepasaran los actuales. Cuentan que en el siglo XVIII, en época de los Marqueses de Priego, su recinto amurallado incluía una iglesia, dependencias de labranza, un corral de ganado y habitaciones reservadas para el servicio.
Ahora los restos del castillo se agolpan en torno a una torre que a duras penas se mantiene erguida. Llama la atención el arco ojival de su entrada, su cubierta abovedada y sus dos plantas comunicadas por un hueco interior que presumiblemente permitía su iluminación. La segunda planta tiene por techo una bóveda octogonal de ladrillo. Sus paredes han perdido el color original dañadas por las pintadas y por el humo de las candelas. Su cuerpo se resquebraja tras años de olvido. Además de la torre de tapial de 15 metros y de los vestigios de la muralla que rodeaba el recinto, se conserva un aljibe árabe.
En 1987, la Diputación consolidó la torre colocando sillares en sus esquinas. Pocos años después, la mala fortuna se cebó contra ella y desprendió algunos llevándose parte de los primitivos y del tapial de las esquinas. Ahora, el Ayuntamiento va a restaurarla con la ayuda de la Junta y el Gobierno. A más largo plazo, vendrán otras actuaciones en los alrededores. Todo, para propiciar el milagro que acabará con su agonía.
Diario de Córdoba / 13-02-2005
A pesar de que el recorrido es largo, merece la pena llegar hasta la meta y obtener una recompensa dulce y amarga al mismo tiempo. Dulce, porque brinda el silencio de un paisaje que no se repite en la comarca. Amarga, por el dolor que provoca al contemplar el deterioro de una fortaleza que fue clave en el pasado, tanto que la localidad la lleva incrustada en su escudo.
El cerro que sustenta la fortaleza ha guardado celosamente restos arqueológicos del Bronce Final, de la época ibérica y de la romana. Su pasado se ha caracterizado por los sucesivos trueques en los que se vio envuelta. Parte de ese ayer estuvo vinculado a la Iglesia, a la que llegó en el siglo XIII. Un siglo más tarde pasó a manos de Gonzalo Fernández de Córdoba, uniéndose de esa manera a la Casa de Aguilar. Su declive ha ido unido a la formación de otro núcleo de población a orillas del Genil, conocido primero como La Puente, después, Pontón de Don Gonzalo y, más tarde, Puente Genil. Hasta allí se desplazaron los que habitaban Castillo Anzur, que también ha recibido otras denominaciones como de los Peroles, Arinsol, Arnisol, Arnizuel y Aranzuel. Con la conquista del reino nazarí empezó a perder valor estratégico y a despoblarse.
Al verlo ahora cuesta creer que un día fue lugar de paso de los Reyes Católicos o que sus límites sobrepasaran los actuales. Cuentan que en el siglo XVIII, en época de los Marqueses de Priego, su recinto amurallado incluía una iglesia, dependencias de labranza, un corral de ganado y habitaciones reservadas para el servicio.
Ahora los restos del castillo se agolpan en torno a una torre que a duras penas se mantiene erguida. Llama la atención el arco ojival de su entrada, su cubierta abovedada y sus dos plantas comunicadas por un hueco interior que presumiblemente permitía su iluminación. La segunda planta tiene por techo una bóveda octogonal de ladrillo. Sus paredes han perdido el color original dañadas por las pintadas y por el humo de las candelas. Su cuerpo se resquebraja tras años de olvido. Además de la torre de tapial de 15 metros y de los vestigios de la muralla que rodeaba el recinto, se conserva un aljibe árabe.
En 1987, la Diputación consolidó la torre colocando sillares en sus esquinas. Pocos años después, la mala fortuna se cebó contra ella y desprendió algunos llevándose parte de los primitivos y del tapial de las esquinas. Ahora, el Ayuntamiento va a restaurarla con la ayuda de la Junta y el Gobierno. A más largo plazo, vendrán otras actuaciones en los alrededores. Todo, para propiciar el milagro que acabará con su agonía.
Diario de Córdoba / 13-02-2005
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